
—No, continúo siéndolo.
—Y como no recuerdo haber pedido jamás la mano de esa dama, no me gusta que hayas venido aquí y te hayas presentado como mi prometida.
—¿Es eso lo que te molesta? ¡Vamos, no seas tonto! Sabes de sobra que siempre te he querido y que antes o después seremos el uno del otro.
—Tu seguridad me encanta, pero me temo que no la comparto. Reconocerás, querida, que has hecho todo lo posible para enfriar mis sentimientos. La última vez que nuestras miradas se cruzaron, tú salías del Tribunal en compañía de tu padre y desapareciste en las brumas de Inglaterra antes de embarcar rumbo a Estados Unidos. De todo eso me enteré, además, por el superintendente Warren, porque tú en ningún momento te dignaste dirigirte a mí. ¡Y escribir una nota no cuesta tanto! Por no hablar de una vulgar llamada telefónica.
—Olvidas a mi padre. Desde el momento en que fui puesta en libertad, no se apartó de mí ni un segundo. Y no eres de su agrado, a pesar de lo que hiciste para ayudarme cuando me acusaron de ese horrible asesinato. Lo más sensato era hacerle caso, marcharme para que se olvidaran de mí, al menos durante un tiempo.
—Entonces no te quejes de haberlo conseguido. ¿Puedo saber cuáles son tus planes ahora? Pero, antes de seguir hablando, siéntate, por favor.
—No estoy cansada.
—Como gustes.
Anielka se desplazó lentamente por la vasta estancia aproximándose a la ventana, lo que sólo permitía a Aldo ver un perfil impreciso de ella.
—¿Ya no me quieres? —susurró.
—Es una pregunta que prefiero no hacerme. Estás más guapa que nunca, aunque lamento que hayas sacrificado tus cabellos, y, si formularas la pregunta de otro modo, respondería que me sigues gustando.
—Dicho de otro modo, sigo siendo deseable para ti, ¿no?
—Por supuesto.
