A

"Las personas que no han estudiado la cuestión se exponen a dejarse inducir en error…"

(Lord Raglan. El tabú del incesto. Payot. 1935. página 145.)


1

Amadís Dudu seguía sin convicción la estrecha callejuela, que constituía el más largo de los atajos para llegar a la parada del autobús 975. Al tener que entregar cada día tres tickets y medio, ya que se apeaba en marcha antes de su parada, se palpó uno de los bolsillos del chaleco para comprobar si le quedaban. Sí. Vio un pájaro, posado en un montón de basuras, el cual, picoteando tres latas de conserva vacías, conseguía interpretar el comienzo de Los Bateleros del Volga. Dudu se detuvo, pero el pájaro marró una nota y salió volando, furioso, gruñendo, entre picos, palabrotas en ornitofonía. Amadís Dudu reanudó su camino, cantando la continuación, pero marró también una nota y se puso a renegar.

Había sol, no mucho, pero justo delante de él, y el final de la callejuela brillaba suavemente, porque el pavimento estaba pringoso, aunque no podía verlo, ya que la calleja doblaba dos veces, primero a la derecha y, después, a la izquierda. Algunas mujeres de opulentos deseos pastosos aparecían en el umbral de las puertas, con la bata abierta sobre una total carencia de virtud, y vaciaban la basura a espuertas allí mismo. Luego, golpearon al unísono el fondo de los cubos, produciendo redobles de tambor, y, como de costumbre, Amadís se puso a marcar el paso. Por eso precisamente prefería aquella callejuela. Aquello le recordaba la época de su servicio militar con los americanoides, cuando se zampaba latas de manteca de picahuete como las del pájaro, pero mayores. Al caer, las basuras levantaban nubes de polvo, que Amadís apreciaba porque tornaban visible el sol. De acuerdo con la sombra de la linterna roja del número seis, donde vivían unos agentes de policía camuflados (se trataba en realidad de una comisaría y, para disimular, el burdel vecino exhibía una linterna azul), Amadís se aproximaba, aproximadamente, a las ocho veintinueve.



11 из 227