
Hacia 1947 los personajes de El otoño en Pekín eran va personajes para ser comprendidos después del fracaso político de mayo del 68. Las novelas de Vian habrían seguido empolvándose en las mazmorras editoriales, si el triunfo hubiese caído del lado de acá de las barricadas, porque no son novelas para las horas del triunfo. Pero como tampoco fueron horas triunfales las de la última década las novelas de Vian surgieron de las mazmorras y fueron entendidas. Es más, aun resonando en ellas ecos de un pasado remotísimo a pesar de la cronología, se creería que fueron escritas para esos años de la derrota, cuando el hombre necesita el aliento de la alegría, la lucidez de su mortalidad y alguna inteligencia para distinguirse de sus prójimos bienpensantes.
– Resumiendo y si no le he entendido mal, el asunto está en un problema de falta de sincronización, que la Historia resuelve favorablemente para el gusto literario y desfavorablemente para la gente que piensa (que siente, mejor dicho) como usted. De esta manera, Boris Vian sería uno de los más actuales escritores de los que podemos disfrutar y su obra, un prólogo, interrumpido por la muerte del autor, a una nueva sensibilidad, que se impone a partir de mayo de 1968.
Que se harta y explota en mayo del 68. Prólogo interrumpido o epílogo profético, nunca fue, desde luego, un prólogo con interrupciones como éste. Al que sólo le queda proponer, como todo prólogo que se precie, tres formas de leer El otoño en Pekín:
Con perspectiva temporal, atenta al inquietante
nudo de significaciones de la novela.
Por puro gusto.
Como al lector se le ocurra.
Las tres son compatibles, recomendables y muy vianescas.
Porque maldita la falta que hacen un guía y la impedimenta para atravesar el desierto de Exopotamia, a cuyo final nos encontraremos, con toda certeza, en Pekín y durante el otoño. Siempre que el desierto tenga final.
Juan García Hortelano
