
Amadís consultó su reloj y exclamó «¡Uf!» con el objeto de que las agujas retrocediesen, pero únicamente el segundero comenzó a girar a la inversa, mientras las otras continuaron en el mismo sentido, lo cual no cambiaba nada. Se encontraba parado en medio de la calle y contemplaba cómo desaparecía el 975, cuando llegó un tercero y su parachoques le alcanzó justo en las nalgas. Cayó, el conductor avanzó hasta colocarse exactamente sobre él y abrió la espita del agua caliente, que regó el cuello de Amadís. Mientras tanto, las dos personas que tenían los números siguientes al suyo subieron y, cuando se levantó, el 975 se alejaba ya. El cuello se le había enrojecido y Amadís experimentaba una gran cólera; con toda seguridad, llegaría con retraso. Llegaron, entretanto, otras cuatro personas, que se suministraron sus números de espera dándole a la oportuna palanca. La quinta, un joven gordo, recibió, como extra, el chorrito de perfume que la Compañía ofrecía de regalo cada cien personas; salió corriendo y aullando, ya que se trataba de alcohol casi puro, lo cual en un ojo siempre duele mucho. Un 975, que pasaba en la otra dirección, lo destripó obsequiosamente, a fin de poner término a sus sufrimientos, lo que permitió descubrir que acababa de comer fresas.
Se detuvo un cuarto autobús con algunas plazas libres y una mujer, que había llegado mucho después que Amadís, enseñó su número. El cobrador llamó a gritos:
– ¡El un millón quinientos seis mil novecientos tres!
– ¡Yo tengo el novecientos!
– Perfecto -dijo el cobrador-. Y ¿el uno y el dos?
– Yo tengo el cuatro -dijo un señor.
– Nosotros tenemos el cinco y el seis -dijeron los otros dos.
Amadís había subido ya, pero el cobrador le agarró por el cuello.
– Lo ha cogido del suelo, ¿eh? ¡Bájese!
– ¡Nosotros lo hemos visto! -chillaron tos otros-. Estaba debajo del autobús.
El cobrador hinchó el pecho y arrojó a Amadís fuera de la plataforma, atravesándole con una mirada de desprecio el hombro izquierdo. Amadís se puso a dar saltos de dolor. Las cuatro personas subieron y el autobús se fue, encogiéndose, ya que se sentía un poco avergonzado.
