
El quinto pasó completo y todos los viajeros sacaron la lengua a Amadís y a los demás que allí esperaban. Incluso, el cobrador le escupió, pero sin saber aprovechar la velocidad, por lo que el gargajo no llegó a caer a tierra. Amadís, de un papirotazo, intentó espachurrarlo al vuelo, pero se le escapó. Sudaba, porque todo aquello le había enfurecido auténtica y terriblemente y, después de haber fracasado con el sexto y con el séptimo, decidió ponerse a andar. Intentaría coger uno en la parada siguiente, donde habitualmente descendían más pasajeros.
Partió andando expresamente atravesado, para que se viese bien que estaba furioso. Tenía que recorrer cerca de cuatrocientos metros y, mientras tanto, lo adelantaron algunos 975, casi vacíos. Cuando, por fin, alcanzó la tienda de color verde, diez metros antes de la parada, desembocaron, justo delante de él, siete curas jóvenes y doce escolares, que portaban oriflamas idolátricas y cintas de diversos colores. Formaron ante el poste de la parada y los curas colocaron dos lanzahostias en batería, a fin de quitar a los peatones cualquier deseo de tomar el 975. Amadís Dudu trató de recordar la consigna, pero habían transcurrido un montón de años desde la catequesis y no pudo encontrar las palabras. Intentó aproximarse andando de espaldas y en la espalda recibió una hostia enroscada, que había sido lanzada con tal fuerza que le cortó la respiración y le hizo toser. Los curas, riendo, trajinaban en torno a los lanzahostias, que escupían proyectiles sin pausa. Llegaron dos 975 y los chavales ocuparon casi todas las plazas libres. En el segundo autobús, en el que aún sobraban algunas, uno de los curas permaneció en la plataforma y le impidió subir; al darse la vuelta para coger un número de espera, seis personas esperaban ya. Se sintió desalentado. No obstante, corrió a toda velocidad hasta la siguiente parada. A lo lejos, distinguía la parte trasera del 975 y los haces de chispas, pero tuvo que arrojarse cuerpo a tierra, porque un cura le apuntaba con un lanzahostias. Oyó pasar la hostia, rasgando el aire, sobre su cabeza.
