No le extrañó que el conductor no hubiese parado todavía ni una sola vez, puesto que a aquellas horas de la mañana nadie iba ya a la oficina. El cobrador se durmió y resbaló sobre la plataforma, buscando, en sueños, una postura más cómoda. Amadís se sentía poseído por una somnolencia intrépida, que se infiltraba en él como un veneno devastador. Recobró sus piernas, extendidas delante de su cuerpo, y las colocó sobre el asiento de enfrente. Los árboles, igual que las tiendas, brillaban al sol; sus frescas hojas frotaban el techo del autobús y producían el mismo rumor que las plantas marinas sobre el casco de un barquito. El balanceo del autobús, que seguía sin detenerse, acunaba a Amadís; descubrió que habían sobrepasado su oficina, justo en el instante en que perdió conciencia, pero esta postrera comprobación apenas le inquietó.

Cuando Amadís despertó, seguían rodando sin parar. Fuera había oscurecido. Observó la carretera. Gracias a los dos canales de aguas grisáceas que la bordeaban, reconoció la Nacional de Embarque y, durante algún tiempo, estuvo contemplando aquel espectáculo. Se preguntó si los tickets que le quedaban serían suficientes para pagar el viaje. Volvió la cabeza y miró al cobrador. Trastornado por un sueño erótico en pantalla gigante, el hombre se agitaba en todas las direcciones y acabó por enroscarse en espiral a la ligera columna niquelada que sostenía el techo. Sin embargo, no interrumpió su sueño. Amadís pensó que la vida de cobrador debía de resultar muy fatigosa y se levantó para desentumecer las piernas. Supuso que el autobús no se había detenido ni una sola vez, ya que no vio a ningún otro viajero. Disponía de espacio holgado para deambular a su gusto. Fue desde la parte trasera a la delantera y retornó; el ruido que hizo, al bajar el escalón de la plataforma, despertó al cobrador, quien bruscamente se arrodilló y empezó a girar con furia la manivela del chisme, al tiempo que apuntaba y hacía pan-pan-pan con la boca.



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