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Llegó bastante pronto al sitio desde el que todas las mañanas partía y decidió continuar, porque no conocía bien aquel trozo del trayecto. Pensó que en aquella parte de la ciudad debía de haber materia para observaciones pertinentes. Sin perder de vista su objetivo inmediato, que era coger el autobús, quería sacar provecho de los enojosos contratiempos de los que era presa desde el principio de la jornada. El recorrido del 975 se estiraba por una calle muy larga y cosas más que interesantes se ofrecían cada tanto a las miradas de Amadís. Pero su ira no se apaciguaba. Contaba árboles, equivocándose regularmente, para intentar bajar su tensión arterial, que notaba acercarse al punto crítico, y, con la finalidad de acordar rítmicamente sus pasos, tamborileaba sobre su muslo izquierdo algunas marchas militares de moda. Y, de pronto, descubrió una gran plaza formada por edificios construidos en la Edad Media, pero que habían envejecido desde entonces; se encontraba en la terminal del 975. Se sintió rejuvenecido y, con una agilidad de péndulo, se lanzó sobre el escalón del embarcadero; un empleado cortó la cuerda que retenía la máquina y Amadís percibió que se ponía en marcha.

Al darse la vuelta, vio cómo el empleado recibía en plena cara el extremo de la cuerda y cómo salió volando, hecho un pingajo, un pedazo de su nariz, en medio de un surtidor de pétalos de ácaros.

El motor ronroneaba con regularidad, ya que acababan de darle una buena ración de raspas de siluro. Amadís, sentado en la parte trasera derecha, gozaba de todo el coche para él solo. En la plataforma, el cobrador giraba maquinalmente su chisme para estropear los billetes, que acababa de conectar a la caja de música del interior, y la melopea arrullaba a Amadís. Sentía retemblar la carrocería, cada vez que la parte trasera rozaba los adoquines, y el chisporroteo acompañaba a la musiquilla monótona. Las tiendas se sucedían en un tornasol de colores brillantes y Amadís disfrutaba vislumbrando su propio reflejo en las grandes lunas de los escaparates, pero se ruborizó, cuando descubrió que su reflejo se aprovechaba de aquella ventajosa posición para sustraer los objetos expuestos, y se volvió hacia el otro lado.



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