
La crítica, filológica o estructuralista, ha iluminado en los últimos diez años la obra de Vian con la suficiente suficiencia, eficiencia y luminotecnia, espoleada por un suplemento de mala conciencia. En rigor, que suele ser el talante de la crítica especializada, la obra de Vian no parece ofrecer demasiados problemas formales. Rigurosamente hablando, las ideas de Vian pueden reducirse a cuatro (y tres de prestado), como no podía ser menos tratándose de un novelista de calidad. Pero esto no ha sido obstáculo para que tardíamente intente desmenuzarse una obra que se escurre viscosamente de las pinzas analíticas. Parece, pues, más sensato tratar de llegar a esta literatura tan literaria, tan transparente, relatando los avatares a los que estuvo sujeta. La obra de Vian exige apenas ser descifrada, no necesita incitaciones a su lectura, es una obra fundamentalmente para lectores y, fundamentalmente, plantea misterios a los que poco afectan las respuestas académicas.
– Ya le veo a usted engolfándose en la indeterminación -acusa la voz-, regodeándose en la ambigüedad de lo que usted llama literatura (y que deja usted reducida al placer de leer), disponiéndose a una jira anecdótica con la mochila cargada de esas noticias biobibliográficas que el paciente lector puede encontrar en cualquier contracubierta de un libro de Vian. ¡Qué desdichada manera -añade la voz, con admonitoria severidad- de desperdiciar la ocasión que generosamente se nos ha ofrecido de prologar El otoño en Pekín…!
No cabe duda que 1947 fue un año en que la sociedad culta y los medios profesionales de la ciudad de París denotaron una sorprendente falta de olfato y una insensibilidad pasmosa. La guerra estaba muy reciente y debe recordarse a favor de aquellos insensibles que toda postguerra genera el convencimiento de que una nueva era ha comenzado. Esta predisposición mesiánica suele equivocar en cuanto a los signos premonitorios de los nuevos tiempos. Por lo pronto, en este año IX después de La Náusea, se publican Murphy, de Samuel Beckett, El otoño en Pekín y La espuma de los días (¡qué doblete…!), de Boris Vian.
