Billy era mucho mayor que ella: le sacaba casi dieciséis años. ¿Tendría quizás algo, se preguntó un tanto arrepentida, que atrajera de manera especial a los hombres mayores? Y tampoco es que fuera guapo, ni inteligente, pero tenía un encanto algo torpón que a ella le gustó muy a su pesar, y que con el tiempo le llevó a convencerse de que estaba enamorada de él. Llevaban unos cuantos meses saliendo juntos cuando una noche él la acompañó a casa -entonces ya vivía en una habitación pequeña, por su cuenta, encima de una carnicería, en Kevin Street- y se puso a balbucear y de improviso la tomó de la mano y le apretó en la palma una cajita cuadrada. Tan sorprendida quedó ella que no se dio cuenta de qué contenía la caja hasta que la abrió.

Aquélla fue la primera vez en que le permitió subir a su cuarto. Se sentaron uno junto al otro, en la cama, y él la besó por toda la cara -seguía tartamudeando y reía, incapaz de creer que ella hubiera dicho sí-, y hablaron de los planes que él tenía para el futuro, y ella a punto estuvo de creerle mientras se miraba la mano extendida, con los dedos flexionados para arriba, admirando el fino anillo de oro y el minúsculo diamante que lanzaba destellos. Él era de Waterford, donde su familia tenía una taberna que su padre con toda probabilidad iba a dejarle en herencia, si bien afirmó que no estaba dispuesto a volver al pueblo, aunque ella se dio cuenta de que cuando hablaba de Waterford lo llamaba «su casa». Le habló de Ginebra, en donde estaba citado dos veces al año para acudir a una reunión en la sede central, como él la llamaba, con todos los jefazos del mundo entero, centenares de jefazos. ¡Qué orgulloso estaba de que lo convocasen allá, siendo como era un simple vendedor! Le describió el lago y los montes de los alrededores y la ciudad -«Tan limpia que no te lo podrías ni creer»- y le dijo que un día la llevaría con él de viaje. Pobre Billy, con sus ideas a lo grande, sus planes a lo grande.



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