Cuando cumplió dieciséis años entró de aprendiza en un establecimiento de perfumería y farmacia. Le gustaba estar entre los medicamentos apilados con orden, entre los frascos de perfume y los jabones de capricho. A pesar de estar casado, el boticario, el señor Plunkett, intentó convencerla de que se fuese con él. Se negó, como es natural, aunque a veces, para conseguir que él le permitiera quedarse sola un rato, y por pensar que podría echarla si no cooperaba, se colaba a regañadientes en la trastienda, que hacía las veces de almacén, y él cerraba con llave y ella le permitía que le introdujera las manos por debajo de la ropa. Era viejo, unos cuarenta, quizá más, y le olía el aliento a tabaco y a caries, aunque él en sí no era lo peor, como reflexionaba ella a la vez que miraba con ojos soñadores por encima del hombro del boticario y veía las estanterías ordenadas mientras él le daba palmadas y le hacía caricias en el vientre, por debajo de la goma elástica de la falda, y le presionaba con un pulgar los pezones, tercos en su ausencia de respuesta. Luego cazaba la mirada de la señora Plunkett, que se ocupaba de los libros de cuentas y que la estudiaba a su vez con ojos entornados, especulativos. Si el viejo Plunkett alguna vez pensó en quitársela de encima, ella no perdería el tiempo en hacerle saber que tenía un par de cosillas que comentarle a su señora, y que así a lo mejor el viejo aprendía de una vez por todas a comportarse.

Entonces un buen día apareció Billy Hunt con su maleta llena de muestras, y aunque no era su tipo -tenía una coloración pareja de la suya, y ella sabía a ciencia cierta que a una mujer no le conviene salir con un hombre que tenga la misma piel que ella- le sonrió y le hizo saber que estaba atenta mientras él gastaba su labia de vendedor con el señor Plunkett. Después, cuando fue a hablar con ella, le escuchó como si se hubiese concentrado al máximo, y fingió reírse de sus chistes, más bien sosos, de colegial, e incluso logró ponerse un tanto colorada ante los más atrevidos. En su siguiente visita él le propuso que fuese al cine con él, y ella dijo que sí, y lo dijo a un volumen suficiente para que se enterase el señor Plunkett, que frunció el ceño.



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