Después, por pura curiosidad, había vuelto del revés otro vaso de whisky, esta vez uno que no había apurado él, por si de veras fuera posible verse en el fondo del vaso, pero no apareció ningún reflejo.

El timbre de voz de Billy Hunt no le sirvió de ayuda; no lo llegó a reconocer más de lo que había reconocido el nombre. El acento era al tiempo llano y cantarín, con las vocales abiertas y las consonantes amortiguadas. Un hombre del campo. Notó una ligera agitación en su tono de voz, un leve temblor, como si estuviera a punto de echarse a reír, o de echarse a lo que fuera. Algunas palabras las chapurreó, como si pasara deprisa por encima de ellas. Tal vez estuviera achispado.

– Ah, entiendo. No te acuerdas de mí -dijo-. ¿Verdad?

– Pues claro que me acuerdo -mintió Quirke.

– Billy Hunt. Alguna vez me dijiste que el apellido sonaba a germanía rimada

Quirke dejó pasar un breve silencio.

– ¿Y a qué te dedicas ahora? -preguntó.

Billy Hunt soltó un suspiro sordo, desmadejado.

– Eso da igual -dijo, y pareció más cansado que impaciente-. Lo que cuenta es tu trabajo.

Por fin empezó a formarse un rostro en la denodada memoria de Quirke. Una frente ancha y despejada, una nariz sin lugar a dudas partida, una mata de cabello rojizo y crespo, pecas. El hijo de un tendero de algún sitio del sur, Wicklow, Wexford, Waterford, uno de los condados que empezaban por W. Un tipo tranquilo, aunque propenso a las agarradas ante la menor provocación. De ahí que tuviera el tabique nasal aplastado. Billy Hunt. Sí.

– ¿Mi trabajo? ¿A qué viene eso? -dijo Quirke.

Hubo otra pausa.

– Es la mujer -dijo Billy Hunt. Quirke oyó una bocanada de aire engullida con sequedad, que silbaba en aquellas cavidades nasales aplastadas-. Acaba de poner fin a sus días.


Se encontraron en Bewley's Café, en Grafton Street.



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