
Lo descubrió en el acto, sentado en una de las mesas próximas al cristal, erguido de un modo antinatural en el banco de terciopelo rojo, con una taza de café con leche que no había tocado aún, sobre el velador de mármol gris. Él no vio a Quirke al principio, y éste se contuvo unos instantes para estudiarlo, observando la cara pálida, apagada, en la que sobresalían las pecas, y la mirada vítrea y desolada, y la mano grande, como un nabo, enredando con la cucharilla del azucarero. Apenas había cambiado nada, lo cual era llamativo, en las más de dos décadas pasadas desde que Quirke lo conoció. Tampoco es que pudiera decir que lo había conocido. En los nada claros recuerdos que guardaba Quirke de él, Billy era una especie de chaval crecido en demasía, a rachas animado, a rachas truculento, a veces las dos cosas a la vez, que se alejaba al campo de deporte con su pantalón corto, de pernera ancha, y una camiseta de jugar al fútbol, a rayas, o un montón de palos de jugar al hurling bajo el brazo, las rodillas nudosas y pálidas, rosadas, y las mejillas adolescentes y encendidas, enrojecidas aún por el afeitado matinal, del que no tenía todavía costumbre.
