
Viajó con ellos a aldeas en las que no había mujeres. Se transmitían sus conocimientos como prendas de una tribu a otra, compuestas de ocho mil individuos. Se inició en costumbres y música específicas. Con los ojos vendados la mayoría de las veces, oyó las jubilosas canciones de la tribu mzina encaminadas a atraer el agua y acompañadas de danzas dahjiya, sones de zampoñas, utilizadas para transmitir mensajes en casos de emergencia, y de la flauta doble makruna (una de las cuales emite un zumbido constante). Después, en el territorio de las liras de cinco cuerdas, una aldea u oasis de preludios e interludios, palmas, danza antifonal.
No le quitaban la venda de los ojos hasta el crepúsculo, momento en que podía ver a sus captores y salvadores. Ahora sabía dónde estaba. A unos les dibujaba mapas que superaban los límites de su territorio y a otros les explicaba el mecanismo de los fusiles. Los músicos se sentaban frente a él, al otro lado del fuego. Las notas de la lira simsimiya, arrastradas por una ráfaga de brisa, se perdían en la distancia o se dirigían hacia él por sobre el fuego. Bailaba un muchacho que, con aquella luz, era el ser más deseable que había visto. Sus delgados hombros eran blancos como el papiro, la luz del fuego reflejaba el sudor en su estómago y por las aberturas de la tela azul que lo cubría, como un señuelo, desde el cuello hasta los tobillos se vislumbraba su desnudez, se revelaba como una línea de relámpago carmelita.
