
El desierto nocturno, atravesado por un impreciso orden de tormentas y caravanas, los rodeaba. Siempre había secretos y peligros en torno a él, como cuando movió a ciegas la mano y se cortó con un cuchillo de doble filo que había en la arena. A veces no sabía si se trataba de sueños; el corte, limpio, no le dolía y hubo de enjugarse la sangre en el cráneo (el rostro seguía siendo intocable) para señalar la herida a sus captores. La aldea sin mujeres a la que lo habían llevado en completo silencio o el mes entero en que no vio la luna, ¿los habría imaginado? ¿Los habría soñado cuando estaba envuelto en el fieltro empapado en aceite y en la obscuridad?
Habían pasado ante pozos cuya agua estaba maldita. En ciertos espacios abiertos había ciudades ocultas y, mientras excavaban en la arena para llegar a recintos enterrados o a bolsas de agua, él esperaba. Y la pura belleza de un muchacho inocente que bailaba, como la voz de un niño cantor de coro, que recordaba como el más puro de los sonidos, la más clara de las aguas de río, la más transparente profundidad del mar. Allí, en el desierto, que antiguamente había sido un mar, nada era estable ni permanente, todo evolucionaba: como la tela por el cuerpo del muchacho, como si abrazara un océano o su propia placenta azul o se liberase de ellos. Un muchacho excitándose a sí mismo, con los genitales recortándose sobre el fondo de fuego.
Después apagaron las llamas con arena y su humo se disipó en torno a ellos. La cadencia de los instrumentos musicales como un pulso o la lluvia. El muchacho extendió el brazo por sobre el fuego apagado para acallar las zampoñas. Había desaparecido sin dejar huellas, sólo los harapos prestados. Uno de los hombres avanzó reptando y recogió el semen caído en la arena. Se lo llevó al hombre blanco experto en fusiles y lo depositó en sus manos. En el desierto el único objeto digno de exaltación es el agua.
