Hana inclinó la cabeza, violenta.

Caravaggio dio una vuelta, miró el edificio por primera vez, se asomó al jardín desde el pórtico.

«Sí, lo adorabas. Nos volvías locos a todos con tus nuevas informaciones sobre Giuseppe. ¡Qué hombre! El mejor en todos los sentidos, según decías. Teníamos que darte la razón todos, dársela a aquella engreída muchacha de dieciséis años.»

«Me gustaría saber qué ha sido de ella.» Extendió la sábana lavada por el borde de la fuente.

«Tenías una voluntad indomable.»

Hana caminó por las losas, en cuyos intersticios crecía la hierba. El le miró los pies enfundados en medias negras, el fino vestido carmelita. Ella se inclinó sobre la barandilla.

«En efecto, creo que vine aquí impulsada, debo reconocerlo, por una idea, la de Verdi. Y, además, tú, claro, te habías marchado y mi padre se había ido a la guerra… Mira los halcones. Vienen todas las mañanas. Aquí todo lo demás está averiado y destrozado. La única agua corriente en toda la villa es la de esta fuente. Los Aliados desmontaron las cañerías cuando se marcharon. Pensaron que así me obligarían a marcharme.»

«Deberías haberlo hecho. Aún tienen que limpiar esta región. Hay bombas sin detonar por todas partes.» Ella se le acercó y le puso los dedos en los labios. «Me alegro de verte, Caravaggio. A ti y a nadie más. No vayas a decirme que has venido para intentar convencerme de que debo marcharme.»

«Quisiera encontrar una taberna con un Wurhtzer y beber sin que estallara una puta bomba, oír cantar a Frank Sinatra. Tenemos que conseguir música», dijo él. «A tu paciente le sentará bien.» «Aún está en África.»

El la miró, esperó que dijera algo más, pero no había nada más que decir sobre el paciente inglés. Murmuró. «A algunos ingleses les gusta África. Una parte de su cerebro refleja el desierto precisamente, conque no se sienten extraños en él.»

La veía asentir con un ligero movimiento de la cabeza. Su cara era delgada y llevaba el pelo corto; había perdido la máscara y el misterio que le infundía su larga cabellera. Ahora bien, parecía tranquila en aquel universo suyo: la fuente que gorgoteaba ahí detrás, los halcones, el jardín asolado de la villa.



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