«Todavía recuerdo cómo saliste disparada del hospital y seguida por dos adultos.»

Ella asintió con la cabeza.

«¿Está tu paciente ahí? ¿Puedo entrar?»

Negó con la cabeza y no se detuvo hasta que él volvió a hablar.

«Entonces, mañana lo veré. Dime tan sólo dónde puedo instalarme. No necesito sábanas. ¿Hay una cocina aquí? He hecho un viaje muy extraño para encontrarte.»

Cuando él se hubo marchado por el pasillo, la muchacha volvió temblando hasta la mesa y se sentó. Necesitaba aquella mesa, aquel libro a medio acabar para serenarse. Un hombre, un conocido suyo, había hecho todo el viaje en tren y había caminado pendiente arriba los seis kilómetros desde el pueblo y por el pasillo hasta aquella mesa tan sólo para verla. Unos minutos después, fue a la habitación del inglés y se quedó ahí, mirándolo. Por entre el follaje de las paredes se veía la luz de la luna. Era la única luz que hacía parecer convincente el trampantojo. Podía, enteramente, arrancar aquella flor y ponérsela en el vestido.

El hombre llamado Caravaggio abrió todas las ventanas del cuarto para poder oír los sonidos de la noche. Se desvistió, se pasó con suavidad las palmas de las manos por el cuello y se quedó un rato tumbado en la cama deshecha. Oyó los árboles, vio los reflejos de la luna como pececillos plateados que saltaban sobre las hojas de los ásteres.

La luna lo cubría como una piel, como un haz de agua. Una hora después, estaba en el tejado de la villa. Desde allí arriba veía las partes bombardeadas a lo largo del declive formado por los tejados, la hectárea de jardines y huertos destruidos junto a la villa. Contemplaba el lugar en que se encontraban, en Italia.


Por la mañana, junto a la fuente, probaron, cautos, a hablar.

«Ahora que estás en Italia, deberías aprender más cosas sobre Verdi.»

«¿Cómo?» Ella levantó la vista de las sábanas que estaba lavando en la fuente.

Se lo recordó. «Una vez me dijiste que estabas enamorada de él.»



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