
Se dio palmadas en el desnudo pecho como buscándose el salvoconducto, se cogió el pene e hizo ademán de usarlo de llave para introducirse en la alcoba custodiada. Retrocedió riendo y tambaleándose, irritado ante su lamentable error, y se coló canturreando en la habitación contigua.
Abrió la ventana y salió a la galería: una noche obscura y hermosa. Después se descolgó balanceándose hasta la galería del piso inferior. Ahora podía entrar por fin en la alcoba de Anna y su general. Era un simple perfume entre ellos, un pie que no dejaba huella, un ser sin sombra. La historia que contó años atrás al hijo de un conocido sobre la persona que buscaba su sombra, como él ahora su imagen en una película fotográfica.
En la alcoba advirtió inmediatamente los inicios del movimiento sexual. Sus manos hurgaron en la ropa de la mujer, tirada sobre respaldos de sillas y por el suelo. Se tumbó y rodó por la alfombra, tocando la piel del cuarto, para ver si notaba algo duro como una cámara. Rodó en silencio formando un abanico, pero no encontró nada. No había ni pizca de luz.
Se puso en pie y buscó a tientas y con cautela, tocó un torso de mármol. Su mano recorrió una mano de piedra -ahora entendía la mentalidad de la mujer-, de la que colgaba la cámara. Entonces oyó el vehículo y al tiempo, cuando se volvió, lo vio la mujer en el súbito haz de luz de los faros.
Caravaggio observó a Hana, que estaba sentada frente a él y lo miraba, intentaba leer, imaginar el raudal de sus pensamientos, como solía hacer su esposa. Observó cómo lo olfateaba, buscaba su rastro, ella. Lo ocultó y volvió a mirarla con ojos -lo sabía- impecables, más claros que río alguno, intachables como un paisaje. La gente -no se le escapaba- se perdía en ellos, porque sabía velarlos a la perfección. Pero la muchacha lo miraba burlona, ladeando, inquisitiva, la cabeza, como haría un perro al que hablaran en tono impropio de un ser humano. Estaba sentada frente a él, delante de las obscuras paredes, de color rojo sangre, que a él desagradaba, y con su pelo negro y aquella mirada, su flaco cuerpo y la tez olivácea que había adquirido con la luz de aquel país, le recordaba a su esposa.
