Ahora ya no pensaba en ella, pero sabía que podía cerrar los ojos y evocar hasta el menor de sus gestos, describir hasta el menor detalle de su aspecto, el peso de su muñeca sobre su corazón por la noche.

Estaba sentado con las manos bajo la mesa y miraba a la muchacha comer. Aunque siempre se sentara con Hana durante las comidas, él aún prefería comer solo. Vanidad -pensó-, vanidad mortal. Ella lo había visto desde una ventana comer con las manos, sentado en uno de los treinta y seis escalones contiguos a la capilla, sin tenedor ni cuchillo a la vista, cual si estuviera aprendiendo a hacerlo como un oriental. En su grisácea barba de tres días, en su chaqueta obscura, veía ella por fin al italiano que era. Lo advertía cada vez más.

Él contempló su obscura silueta recortada sobre las paredes de color carmelita rojizo, su piel, su corto cabello negro. La había conocido, junto a su padre, en Toronto, antes de la guerra. Después había sido ladrón, había estado casado, se había movido como pez en el agua en su mundo predilecto, con confianza indolente, con maestría para engañar a los ricos, hechizar a su esposa, Giannetta, o congeniar con la joven hija de su amigo.

Pero ahora apenas si quedaba un mundo a su alrededor y se veían obligados a ensimismarse. Durante aquellos días en el pueblo encaramado en una colina cerca de Florencia, encerrado en la casa cuando llovía, soñando despierto en la única silla cómoda de la cocina, en la cama o en el tejado, no tenía que pensar en montar conspiraciones, sólo le interesaba Hana y parecía que ésta se había encadenado al moribundo que yacía en el piso superior.

Durante las comidas, se sentaba frente a la muchacha y la observaba comer.



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