Cuando las tropas de primera línea retrocedieron después de la batalla de Arezzo, se encontró rodeada noche y día de soldados heridos. Después de tres días enteros sin descansar, se tumbó por fin en el suelo, junto a un colchón en el que yacía un cadáver, cerró los ojos para no ver lo que la rodeaba y durmió doce horas seguidas.

Cuando se despertó, cogió unas tijeras del cuenco de porcelana, se inclinó hacia adelante y empezó a cortarse el pelo, sin preocuparse de la forma ni la longitud, sin poder olvidar su presencia en los días anteriores, cuando se había inclinado hacia adelante y su pelo había tocado la sangre de una herida. No quería tener nada que la vinculara, la atase, a la muerte. Tiró del pelo para cerciorarse de que no le quedaban mechas largas y se volvió para afrontar de nuevo las salas llenas de heridos.

No volvió a mirarse en ningún espejo. A medida que arreciaba la guerra, se iba enterando de la muerte de personas a las que había conocido. Temía el día en que, al limpiar de sangre la cara de un paciente, reconociera a su padre o a alguien que le hubiese servido la comida en la barra de un establecimiento de Danforth Avenue. Se fue volviendo dura consigo misma y con los pacientes. Se había perdido lo único que podía salvarlos a todos: la razón. El nivel del termómetro de sangre subía país arriba. ¿Dónde estaba Toronto y qué representaba a aquellas alturas para ella? Se encontraba inmersa en una ópera engañosa. La gente se iba mostrando cada vez más dura con sus semejantes: soldados, médicos, enfermeras, civiles. Hana se acercaba cada vez más a los heridos a los que cuidaba y les hablaba en susurros.

Llamaba «compa» a todo el mundo y se reía al oír este retazo de canción:



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