
A veces se arrebujaba debajo de varias mantas y disfrutaba más con su peso que con el calor que le daban. Y, cuando la luz de la luna se deslizaba por el techo y la despertaba, se quedaba en la hamaca y dejaba errar sus pensamientos. El reposo en vela le resultaba el estado más placentero. Si hubiera sido escritora, habría cogido sus lápices y libretas y su gato preferido y habría escrito en la cama. Los extraños y los amantes nunca traspasarían la puerta cerrada.
Descansar era aceptar todos los aspectos del mundo sin juzgarlos. Bañarse en el mar, follar con un soldado que nunca sabía tu nombre. Ternura para con lo desconocido y anónimo, es decir, ternura para consigo misma.
Sus piernas se movían bajo el peso de las mantas militares. Nadaba en la lana, como el paciente inglés se movía en su placenta de tela.
Lo que echaba de menos allí era el atardecer lento, el sonido de los árboles familiares. Durante su adolescencia en Toronto, había aprendido a descifrar las noches estivales. Tumbándose en una cama, saliendo a sentarse en la escalera para incendios con un gato en los brazos se sentía en su elemento.
Durante su infancia, Caravaggio había sido su escuela. Le había enseñado a dar el salto mortal. Ahora, con las manos siempre en los bolsillos, se limitaba a gesticular con los hombros. A saber en qué país le habría obligado la guerra a vivir. Ella había recibido su capacitación en el hospital universitario femenino y después la habían enviado a Europa durante la invasión de Sicilia. Había sido en 1943. Mientras la primera división de infantería canadiense iba abriéndose camino hacia el norte de Italia, los cuerpos destrozados hacían el recorrido inverso hacia los hospitales de campaña, como el barro que los constructores de túneles se van pasando hacia atrás en la obscuridad.
