Después, durante la celebración de una victoria local, un poco mustia en aquel pueblo encaramado en las colinas, dijo que no regresaría a Florencia ni a Roma ni a ningún otro hospital, la guerra se había acabado para ella. Se quedaría ella sola con el hombre quemado, al que llamaban «el paciente inglés», porque, dada la fragilidad de sus miembros, no era aconsejable -ahora le resultaba claro- trasladarlo. Le pondría belladona en los ojos, le daría baños de sal para la piel, cubierta de queloides y quemaduras extensas. Le dijeron que el hospital -un convento que durante meses había sido un puesto defensivo alemán y que los Aliados habían bombardeado con granadas y bengalas- no era seguro. Se iba a quedar sin nada, sin protección contra los bandidos. Aun así, se negó a marcharse, se quitó el uniforme de enfermera, sacó el vestido estampado de color carmelita que durante meses había llevado en su equipaje y se lo puso junto con las zapatillas de tenis. Se apartó de la guerra. Había ido de acá para allá, a su dictado. Permanecería en aquella villa con el inglés hasta que las monjas la reclamaran. Había algo en él que quería aprender, hacer suyo, algo que podía servirle de escondrijo, permitirle abandonar la vida adulta. La forma en que él le hablaba y pensaba le recordaba a un vals. Quería salvarlo, a aquel inglés sin nombre, casi sin rostro, que había sido uno de los cien heridos, más o menos, confiados a sus cuidados durante la invasión del Norte.

Se marchó de la celebración, a la que había asistido con su vestido estampado. Fue a la habitación que compartía con las demás enfermeras y se sentó. Al hacerlo, vislumbró un parpadeo, que atrajo su atención: era un espejito redondo. Se levantó despacio y se acercó a él.



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