Era muy pequeño, pero, aun así, parecía un lujo. Hacía más de un año que había decidido no mirarse a un espejo, tan sólo veía su sombra de vez en cuando en las paredes. El espejo sólo mostraba su mejilla y tuvo que sostenerlo, con mano temblorosa, en el extremo del brazo extendido. Se vio como retratada en un medallón. Era ella. Por la ventana se oía a los pacientes, que reían y gritaban de entusiasmo en sus sillas, y al personal que los sacaba a la luz del sol. Sólo permanecían dentro los más graves. Se sonrió. Hola, compa, dijo. Miró su imagen para intentar reconocerse.


La obscuridad se interponía entre Hana y Caravaggio, mientras paseaban por el jardín. Él empezó a hablar con su lento deje habitual.

«Era una fiesta de cumpleaños, a las tantas de la noche, en Danforth Avenue. En el restaurante The Night Crawler. ¿Recuerdas, Hana? Todo el mundo -tu padre, Gianetta, yo, los amigos- tenía que levantarse y entonar una canción y tú dijiste que también querías hacerlo: por primera vez. Todavía ibas al colegio y habías aprendido aquella canción en una clase de francés.

»Lo hiciste muy en serio: te pusiste de pie en el banco y después diste otro paso y te subiste a la mesa, entre los platos y las velas encendidas.

»"Alonson fon!"

»Cantaste con la mano en el corazón. Alonson fon! La mitad de los presentes no sabían qué diablos estabas cantando y tal vez tú tampoco supieras el significado exacto de las palabras, pero sabías de qué trataba la canción.

»La brisa que llegaba de la ventana hacía ondear tu falda hasta casi tocar una vela y tus tobillos parecían estar al rojo blanco. Tu padre tenía la vista alzada hacia ti, que, como por milagro, expresabas en aquella nueva lengua, sin fallos ni vacilaciones y con todo el fervor requerido, el ideal revolucionario, mientras las velas oscilaban y por muy poco no tocaban tu vestido. Al final nos pusimos en pie y saltaste de la tabla a sus brazos.»


«Debería quitarte esas vendas de las manos. Ya sabes que soy enfermera.»



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