
La obscuridad se interponía entre Hana y Caravaggio, mientras paseaban por el jardín. Él empezó a hablar con su lento deje habitual.
«Era una fiesta de cumpleaños, a las tantas de la noche, en Danforth Avenue. En el restaurante The Night Crawler. ¿Recuerdas, Hana? Todo el mundo -tu padre, Gianetta, yo, los amigos- tenía que levantarse y entonar una canción y tú dijiste que también querías hacerlo: por primera vez. Todavía ibas al colegio y habías aprendido aquella canción en una clase de francés.
»Lo hiciste muy en serio: te pusiste de pie en el banco y después diste otro paso y te subiste a la mesa, entre los platos y las velas encendidas.
»"Alonson fon!"
»Cantaste con la mano en el corazón. Alonson fon! La mitad de los presentes no sabían qué diablos estabas cantando y tal vez tú tampoco supieras el significado exacto de las palabras, pero sabías de qué trataba la canción.
»La brisa que llegaba de la ventana hacía ondear tu falda hasta casi tocar una vela y tus tobillos parecían estar al rojo blanco. Tu padre tenía la vista alzada hacia ti, que, como por milagro, expresabas en aquella nueva lengua, sin fallos ni vacilaciones y con todo el fervor requerido, el ideal revolucionario, mientras las velas oscilaban y por muy poco no tocaban tu vestido. Al final nos pusimos en pie y saltaste de la tabla a sus brazos.»
«Debería quitarte esas vendas de las manos. Ya sabes que soy enfermera.»
