Pero recordó el cuadro en que aparecía representada la historia de aquellos reyes. Y, cuando un mes después llegaron al mar los batallones, tras haber sobrevivido a todo y haber entrado en la ciudad costera de Cattolica, y después de que los ingenieros hubiesen limpiado de minas una franja de playa de veinte metros para que los hombres pudieran meterse desnudos en el mar, se acercó a uno de los medievalistas que había tenido un detalle con él -el de haberle hablado, sencillamente, y haberle cedido parte de una lata de carne- y prometió enseñarle algo a cambio de su amabilidad.

El zapador pidió prestada una moto Triumph, se ató una lámpara roja de emergencia al brazo -con el anciano bien abrigado y abrazado a él- y en dirección opuesta recorrieron el camino por el que habían venido, pasando por las ciudades ahora inocentes, como Urbino y Anghiari, a lo largo de la tortuosa cresta de la cordillera que recorría Italia de Norte a Sur como una espina dorsal y bajaron por la ladera occidental hacia Arezzo. De noche no había soldados en la plaza y el zapador aparcó delante de la iglesia. Ayudó a apearse al medievalista, recogió su equipo y entró en la iglesia. Una obscuridad más fría, un vacío mayor, por lo que el ruido de sus botas retumbaba en todo el recinto. Volvió a oler la piedra y la madera antiguas. Encendió tres bengalas. Colgó de las columnas y por encima de la nave un aparejo de polea y después disparó un remache con la cuerda ya enganchada a una alta viga de madera. El profesor lo observaba confuso y de vez en cuando alzaba la vista hacia las alturas en tinieblas. El joven zapador lo ciñó por la cintura y los hombros como con un arnés y le fijó en el pecho con cinta adhesiva una pequeña bengala encendida.

Lo dejó ahí, junto al reclinatorio de la comunión y subió con gran 'estruendo la escalera hasta el nivel en que se encontraba el extremo de la cuerda. Sujeto a ella, se dejó caer desde la balaustrada a la obscuridad y, simultáneamente, el anciano resultó izado a toda velocidad hasta que, cuando el zapador tocó el suelo, quedó suspendido en el aire y balanceándose tan tranquilo a un metro de los frescos y rodeado por el halo que formaba la bengala.



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