La lluvia y el frío no cesaban y el único orden era el de los grandes mapas del arte, que mostraban manifestaciones de juicio, piedad y sacrificio. El VIII Ejército se tropezaba con un río tras otro cuyos puentes estaban destruidos y sus unidades de zapadores se veían obligadas a descolgarse, desafiando el fuego enemigo, por los declives de las orillas con escalas de cuerda y cruzar el río a nado o vadeándolo. El agua arrastraba tiendas y provisiones. Algunos hombres desaparecían atados a su equipo. Tras haber cruzado el río, intentaban lanzarse fuera del agua. Hundían las manos y las muñecas en la pared de lodo del terraplén y se quedaban así, colgados y esperando que el lodo, al endurecerse, los sostuviese.

El joven zapador sij apoyó la mejilla contra el lodo y pensó en la cara de la reina de Saba, la textura de su piel. El único consuelo en aquel río era el deseo que sentía por ella, que en cierto modo mantenía el calor en su interior. Le alzaría el velo del pelo. Introduciría su mano derecha entre su cuello y la blusa verde olivo. También él estaba cansado y triste, como el rey sabio y la reina culpable que había visto en Arezzo dos semanas antes.

Colgaba por encima del agua con las manos trabadas en el banco de lodo. El carácter, arte sutil, los abandonaba en aquellos días y noches, existía sólo en un libro o una pared pintada. ¿Quién era el más triste en aquel fresco de la cúpula? Enamorado de los ojos abatidos de aquella mujer que un día descubriría la sacralidad de los puentes, se inclinó para descansar en la piel de su delicado cuello.

Por la noche, en el catre, sus brazos se estiraban apuntando a la lejanía, como dos ejércitos. No había promesa de solución ni de victoria, excepto el pacto temporal entre él y los reyes de aquel fresco, que lo olvidarían, nunca tendrían noticia de la existencia de él, un sij, colgado a media altura de una escala de zapador y en plena lluvia, levantando un puente provisional para el ejército que venía tras él.



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