
Adoptaba diversas posturas con el fusil: media asta, en ángulo para dejar libres los codos cuando lo llevaba al hombro. Se volvía de repente, al darse cuenta de que ella lo estaba mirando. Era un superviviente de sus miedos, daba un rodeo ante todo lo que le inspiraba sospechas, respondía a la mirada de ella en aquel panorama como indicando que podía afrontarlo todo.
Su actitud, tan independiente, era un alivio para ella, para todos los de la casa, aunque Caravaggio se quejaba de que el zapador no cesaba de tararear las canciones occidentales que había aprendido en los tres últimos años de la guerra. El otro zapador, que había llegado con él durante la tormenta, un tal Hardy, estaba alojado en otra parte, más cerca del pueblo, si bien ella los había visto trabajando juntos, entrando en un jardín con sus varillas y aparatos para limpiarlo de minas.
El perro se había apegado a Caravaggio. El joven soldado, que corría y saltaba con el perro por el sendero, se negaba a darle comida alguna, porque consideraba que debía sobrevivir por sí solo. Si encontraba comida, se la comía él. Su cortesía llegaba sólo hasta cierto límite. Algunas noches dormía en el parapeto que dominaba el valle y sólo si llovía se metía a gatas en su tienda.
Observaba, a su vez, el deambular nocturno de Caravaggio. En dos ocasiones, el zapador había seguido los pasos de Caravaggio a distancia. Pero dos días después Caravaggio lo detuvo y le dijo: No vuelvas a seguirme. Empezó negándolo, pero el hombre mayor le puso la mano en la boca, que mentía, y lo hizo callar. De modo que Caravaggio había notado -comprendió- su presencia dos noches antes. En cualquier caso, aquel seguimiento era un vestigio de un hábito que le habían inculcado durante la guerra, igual que seguía sintiendo deseos de apuntar el fusil y disparar a algún blanco preciso. Apuntaba una y otra vez a la nariz de una estatua o a uno de los halcones carmelitas que evolucionaban por el cielo del valle.
