Seguía mostrando actitudes en gran medida juveniles. Se zampaba la comida, a la que sólo dedicaba media hora, con voracidad y se levantaba de un brinco para ir a lavar el plato.

Hana lo había visto trabajar, cauteloso y sin prisas como un gato, en el huerto y dentro del jardín invadido por la vegetación que se extendía pendiente arriba detrás de la casa. Había notado que tenía más obscura la piel de la muñeca y que se le deslizaba con holgura dentro del brazalete que a veces, cuando tomaba una taza de té delante de ella, tintineaba.

Nunca hablaba del peligro que entrañaba esa clase de búsqueda. De vez en cuando una explosión hacía salir precipitadamente de la casa a Hana, con el corazón encogido por el estallido amortiguado, y a Caravaggio. Salía corriendo de la casa o hasta una ventana y veía -junto con Caravaggio, al que vislumbraba por el rabillo del ojo- al zapador en la terraza cubierta de hierbas saludando tan tranquilo, sin siquiera volverse, con la mano.

En cierta ocasión, Caravaggio entró en la biblioteca y vio al zapador encaramado en el techo junto al trampantojo -sólo a Caravaggio se le podía ocurrir entrar en una habitación y mirar a los rincones del techo para ver si estaba solo- y el joven soldado, sin apartar la vista de su objetivo, hizo detenerse a Caravaggio alargando una mano y chasqueando los dedos: era un aviso para que, por su seguridad, saliese del cuarto, mientras desconectaba y cortaba una mecha que había rastreado hasta aquel rincón, oculta encima de la cenefa.


Siempre estaba canturreando y silbando. «¿Quién silba?», preguntó una noche el paciente inglés, que no conocía ni había visto siquiera al recién llegado. Tumbado en el parapeto, éste no cesaba de cantar, mientras contemplaba el desplazamiento de las nubes.

Cuando entraba en la villa, que parecía vacía, siempre hacía ruido.



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