Fijaban bombas en los grifos, en los lomos de los libros, las introducían en los árboles frutales para que una manzana, al caer sobre una rama inferior, o una mano, al agarrar la rama, hicieran estallar el árbol. No podía mirar una habitación o un campo sin pensar en la posibilidad de que encerraran explosivos. Se había detenido junto a las puertas vidrieras y había apoyado la cabeza contra el marco, antes de introducirse en la sala y permanecer -excepto cuando destellaban los relámpagos- en la obscuridad. Había una muchacha de pie, como esperándole, con la vista clavada en las teclas que estaba tocando. Sus ojos, antes de fijarse en ella, escudriñaron la sala, la barrieron como las ondas de un radar. El metrónomo estaba ya en marcha, oscilando, inocente, adelante y atrás. No había peligro, no había un hilo metálico diminuto. Se quedó ahí, con el uniforme empapado, sin que al principio la joven advirtiera su presencia.


De los árboles cercanos a su tienda colgaba la antena de un receptor de radio. Mirando con los gemelos de Caravaggio, Hana veía de noche el verde fosforescente del dial, que a veces tapaba de repente el cuerpo del zapador, al cruzar el campo de visión. Durante el día, llevaba encima el aparato portátil, con un auricular en el oído y el otro colgando bajo la barbilla para escuchar ecos del resto del mundo que podían ser importantes para él. Se presentaba en la casa para transmitir alguna información que podía interesar a quienes en ella vivían. Una tarde anunció que había muerto el director de orquesta Glenn Miller, al estrellarse su avión en el trayecto de Inglaterra a Francia.

De modo que se movía entre ellos. Hana lo veía a lo lejos con su varita de zahorí en un jardín abandonado o, si había encontrado algo, desenmarañando el nudo de cables y mechas que, como una carta diabólica, alguien le había dejado.

Se lavaba las manos continuamente. Al principio, Caravaggio pensó que era demasiado escrupuloso. «¿Cómo has podido sobrevivir a una guerra?», le decía riendo.



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