«Me crié en la India. Allí te lavas las manos todo el tiempo. Antes de todas las comidas. Es una costumbre. Nací en el Punjab.»

«Yo soy de la zona más septentrional de América», dijo ella.


Dormía con medio cuerpo fuera de la tienda. Hana vio que se quitaba el auricular y lo dejaba caer sobre su regazo.

Entonces bajó los gemelos y se volvió.


Estaban bajo la enorme bóveda. El sargento encendió una bengala y el zapador se tumbó en el suelo, miró hacia arriba por la mira telescópica del fusil y fue examinando los rostros de color ocre, como si estuviera buscando a un hermano suyo entre la multitud. El retículo de la mira temblaba al recorrer las figuras bíblicas, mientras la luz bañaba las vestiduras de colores y la carne, obscurecidas por la acción del humo de aceite y velas durante centenares de años. Y ahora aquel humo amarillo del gas, que resultaba -de sobra lo sabían- monstruoso en el santuario, motivo suficiente para expulsar a aquellos soldados y recordarlos por haber abusado del permiso obtenido para ver la Gran Sala, hasta la que habían llegado después de vadear cabezas de playa y pasar por mil escaramuzas, el bombardeo de Monte Cassino, recorrer en respetuoso silencio las Stanze de Rafael y acabar por fin allí, diecisiete hombres que habían desembarcado en Sicilia y se habían abierto paso combatiendo por la bota italiana hasta allí, donde les habían mostrado una simple sala en gran parte a obscuras. Como si la simple presencia en el lugar fuera suficiente.

Y uno de ellos había dicho: «¡Maldita sea! ¿Y si pusiéramos un poco más de luz, sargento Shand?» Y el sargento soltó la lengüeta de la bengala y la sostuvo con el brazo extendido, mientras el niágara de luz se derramaba desde su puño, y se quedó ahí, así, hasta que se consumió. Los demás contemplaron con la vista hacia arriba las figuras y los rostros apiñados en el techo que aparecían a la luz, pero el joven zapador ya estaba tumbado boca arriba y con el fusil apuntado y su ojo casi rozaba las barbas de Noé y Abraham y los diversos demonios hasta que la visión del gran rostro -un rostro como una lanza, sabio, implacable- lo dejó paralizado.



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