
Caravaggio estornudó ruidosamente y, cuando volvió a alzar la cabeza, la vio despierta, con los ojos abiertos y clavados en él.
«Adivina qué hora es.»
«Sobre las cuatro y cinco. No, las cuatro y siete», respondió ella.
Era un antiguo juego entre un hombre y una niña.
Él salió de la sala para ir a buscar el reloj y, por la seguridad de sus movimientos, ella comprendió que acababa de tomar morfina y se sentía nuevo y entero, con su aplomo habitual. Cuando volvió moviendo la cabeza de admiración por su exactitud, ella se irguió y sonrió.
«Nací con un reloj de sol en la cabeza, ¿verdad?»
«¿Y de noche?»
«¿Existirán relojes de luna? ¿Habrán inventado uno? Tal vez todos los arquitectos, al construir una villa, oculten un reloj de luna para los ladrones, como un diezmo obligatorio.»
«Menuda preocupación para los ricos.»
«Nos vemos en el reloj de luna, David, lugar en el que los débiles pueden codearse con los ricos.»
«¿Como el paciente inglés y tú?»
«Hace un año estuve a punto de tener un hijo.»
Ahora que la droga despejaba y daba precisión a su mente, Caravaggio podía seguir a Hana en sus escapadas, acompañarla con el pensamiento. Ella se estaba mostrando muy abierta, sin darse cuenta del todo de que estaba despierta y charlando, como si aún hablara en sueños, como si el de él hubiera sido un estornudo en un sueño.
Caravaggio conocía ese estado. Se había reunido a menudo con gente en el reloj de luna, al molestarla a las dos de la mañana con el desplome, provocado por un falso movimiento, de todo un ropero en una alcoba. Esos sobresaltos -según había descubierto- contribuían a que se mostraran menos temerosos y violentos. Cuando los dueños de casas en las que estaba robando lo descubrían, se ponía a dar palmas y a hablar a la desesperada, al tiempo que lanzaba al aire un reloj caro y volvía a atraparlo con las manos y los asediaba a preguntas sobre la ubicación de las cosas que le interesaban.
