Se trasladó a una calle paralela y caminó al paso de la procesión para llegar al mismo tiempo a los cruces, donde alzaba el fusil y encuadraba una vez más el rostro de la Virgen en el punto de mira. Acabaron en un promontorio desde el que se dominaba el mar y donde la dejaron y regresaron a sus hogares. Ninguno de ellos advirtió la constante presencia del zapador en la periferia.

Su rostro seguía iluminado. Los cuatros hombres que la habían traído en la barca estaban sentados alrededor de ella, como centinelas. La pila que llevaba fijada a la espalda empezó a fallar; se descargó hacia las cuatro y media de la mañana. En aquel momento el zapador miró su reloj. Observó a los hombres con el telescopio del fusil. Dos estaban dormidos. Alzó la mira hasta el rostro de la Virgen y lo escrutó de nuevo. Con la luz que se iba apagando a su alrededor, tenía expresión diferente: una cara que en la obscuridad se parecía más a la de alguien que conocía, una hermana, algún día una hija. Si hubiera podido llevársela, el zapador habría dejado algo a modo de ofrenda. Pero, al fin y al cabo, tenía su propio credo.


Caravaggio entró en la biblioteca. Ahora pasaba la mayoría de las tardes en ella. Como siempre, los libros eran seres místicos para él. Sacó uno y lo abrió por la página del título. Cuando llevaba cinco minutos en la sala, oyó un ligero gemido.

Se volvió y vio a Hana dormida en el sofá. Cerró el libro y se recostó contra la consola situada bajo los anaqueles. Hana estaba acurrucada, con la mejilla izquierda sobre el polvoriento brocado y el brazo derecho dirigido hacia su rostro, como un puño contra su mejilla. Se le movieron las cejas, mientras su rostro se concentraba en el sueño.

Cuando la había vuelto a ver después de todo ese tiempo, tenía expresión tensa y recursos físicos apenas suficientes para afrontar la situación con eficacia. Su cuerpo había pasado por una guerra y, como en el amor, había usado todo su ser.



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