
«Las espoletas italianas parecen ir colocadas verticalmente y no siempre en la cola.»
«Eso depende. Las fabricadas en Nápoles son así, pero las fábricas de Roma siguen el sistema alemán. Naturalmente, si nos remontamos al siglo xv, Nápoles…»
Como el joven soldado no estaba acostumbrado a permanecer quieto y callado, se impacientaba, al escuchar la tortuosa forma de hablar del inglés, y no dejaba de interrumpir las pausas y silencios que el inglés se concedía para intentar acelerar la cadena de ideas. El soldado echaba la cabeza hacia atrás y miraba al techo.
«Lo que deberíamos hacer es fabricarle un arnés», dijo pensativo y dirigiéndose a Hana, que acababa de entrar, «para trasladarlo por la casa.»
Ella los miró a los dos, se encogió de hombros y salió del cuarto.
Cuando Caravaggio se cruzó con ella en el pasillo, Hana iba sonriendo. Se quedaron escuchando la conversación que se estaba produciendo en el cuarto.
¿Te he contado mi concepción del hombre virgiliano, Kip? Mira…
¿Tienes puesto el audífono?
¿Qué?
Ponlo en marcha…
«Creo que ha encontrado a un amigo», dijo Hana a Caravaggio.
Hana salió al sol del patio. Al mediodía, los grifos vertían agua en la fuente de la villa durante veinte minutos. Se quitó los zapatos, se subió al pilón y esperó.
A aquella hora todo quedaba invadido por el olor del heno. Los moscardones vacilaban en el aire y chocaban con las personas, como contra una pared, y después se retiraban indiferentes.
