
Demasiados hombres en la casa. Se acercó la boca al hombro desnudo. Olió su piel, su intimidad, sus propios sabor y aroma. Recordó cuándo había tenido por primera vez conciencia de ellos, en algún punto de su adolescencia -más que una época le parecía un lugar-, al aplicarse los labios al antebrazo para practicar el arte de besar, al olerse las muñecas o inclinarse hasta su muslo, al respirar en sus propias manos juntas en forma de taza para que el aliento rebotara hacia su nariz. Se frotó su blanco pie desnudo contra el revestimiento moteado de la fuente. El zapador le había hablado de estatuas que había conocido durante la guerra, le había contado que había dormido junto a una que representaba a un ángel abatido, mitad hombre y mitad mujer, que le había parecido hermoso. Se había recostado a mirar el cuerpo y por primera vez en toda la guerra se había sentido en paz.
Olfateó la piedra, su fresco olor a polilla.
¿Se habría debatido su padre al morir o habría muerto en calma? ¿Habría descansado con actitud tan imponente como la del paciente inglés en su catre? ¿Lo habría cuidado una persona a la que no conociera? Un hombre que no es de tu misma sangre puede hacer que te abras a las emociones más que alguien de tu familia. Como si, al caer en brazos de un extraño, descubrieras el reflejo de tu elección. A diferencia del zapador, su padre nunca estuvo del todo cómodo en el mundo. Al hablar, la timidez le hacía comerse algunas sílabas.
