– ¿Cómo puede haberse cometido una equivocación? Ayer por la tarde vimos al señor Sage. Lo último que dijo fue: «Hasta mañana por la mañana». ¿Y luego se olvidó? ¿Se marchó de viaje?

– Quizá se produjo una urgencia. Un moribundo, alguien que quisiera ver…

– Pero Brendan regresó. -Rebecca dejó de pasear. Entornó los ojos y miró con aire pensativo hacia la pared oeste del campanario, como si pudiera ver la vicaría, al otro lado de la calle-. Fui al coche y él dijo que había olvidado preguntarle una última cosa al señor Sage. Volvió. Entró. Esperé un minuto. Dos, tres. Y… -Dio media vuelta y reanudó sus paseos-. No estaba hablando con el señor Sage, no. Es esa puta. ¡Esa bruja! Está detrás de todo esto, madre. Tú ya lo sabes. La mataré, lo juro por Dios.

Cecily consideró que se había producido un giro interesante en los acontecimientos de la mañana. Contenía una atractiva promesa de diversión. Si tenía que soportar aquel día en nombre de la familia, y con un ojo puesto en el testamento de su tío, decidió que bien debía hacer algo por mitigar sus sufrimientos.

– ¿Quién? -preguntó, en consecuencia.

– Cecily -dijo la señora Townley-Young, en tono sereno pero decidida a mantener la disciplina.

Pero la pregunta de Cecily había sido suficiente.

– Polly Yarkin -dijo Rebecca entre dientes-. Esa miserable guarra de la vicaría.

– ¿El ama de llaves del vicario? -se extrañó Cecily.

Era un giro que merecía estudiarse en profundidad. Teniendo en cuenta las circunstancias, no podía culpar al pobre Brendan, pero pensó que sus miras no eran demasiado ambiciosas. Continuó el juego.

– Dios, ¿qué tiene que ver ella en todo esto, Becky?

– Cecily, querida.

La voz de la señora Townley-Young tenía un timbre menos afable.

– Planta esas tetazas en la cara de todos los hombres y aguarda la reacción -dijo Rebecca-. Y él la desea. Ya lo creo. A mí no me lo puede ocultar.



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