
– Brendan te quiere, cariño -dijo la señora Townley-Young-. Va a casarse contigo.
– Tomó una copa con ella en el Crofters Inn la semana pasada. Una parada rápida antes de volver a Clitheroe, dijo. Ni siquiera sabía que ella estaba allí, dijo. No podía fingir que no la había reconocido, dijo. Al fin y al cabo, es un pueblo. No podía comportarse como si ella fuera una extraña.
– Cariño, estás haciendo una montaña de nada.
– ¿Crees que está enamorado del ama de llaves del vicario? -preguntó Cecily, y abrió los ojos con falsa ingenuidad-. Pero, Becky, en ese caso, ¿por qué se casa contigo?
– ¡Cecily! -siseó su tía.
– ¡No va a casarse conmigo! -gritó Rebecca-. ¡No va a casarse con nadie! ¡No tenemos vicario!
De pronto, se hizo el silencio en la iglesia. El organista dejó de tocar un momento, y dio la impresión de que las palabras de Rebecca rebotaban de pared a pared. El organista se reanimó de inmediato, y atacó Crown with Love, Lord, This Glad Day [2].
– Misericordia -susurró la señora Townley-Young.
Pasos decididos resonaron sobre el suelo de piedra, y una mano enguantada apartó la cortina roja. El padre de Rebecca asomó la cara.
– Ni rastro. -Sacudió la nieve de su abrigo y sombrero-. No está en el pueblo. No está en el río. No está en el ejido. Ni rastro. Haré que le despidan.
Su mujer extendió la mano hacia él, pero no llegó a tocarle.
– St. John, por Dios bendito, ¿qué vamos a hacer? Toda esa gente. Tanta comida en casa. Y el estado de Reb…
– Conozco todos los jodidos detalles. No necesito que me refresques la memoria. -Townley-Young apartó un poco la cortina y echó un vistazo a la iglesia-. Seremos el hazmerreír de todo el mundo durante la próxima década. -Miró de nuevo a las mujeres, y a su hija en particular-. Tú te metiste en este lío, Becky, y debería dejar que te salieras solita.
