– ¿Y bien? -preguntó Townley-Young-. ¿Le ha encontrado, Shepherd?

– Sí -contestó el hombre-, pero esta mañana no va a casar a nadie.

ENERO


La escarcha

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– ¿Qué ponía el cartel? ¿Lo has visto, Simon? Era una especie de letrero al borde de la carretera.

Deborah St. James aminoró la velocidad del coche y miró hacia atrás. Ya habían doblado una curva, y la espesa maraña de ramas desnudas de robles y castaños de Indias ocultaba tanto la carretera como el muro de piedra caliza cubierta de líquenes que la flanqueaba. En el punto donde se encontraban, un esquelético seto, despojado por el invierno y oscurecido por el crepúsculo, delimitaba la carretera.

– No era un cartel del hotel, ¿verdad? ¿Viste algún camino?

Su marido abandonó el estado de contemplación en que había pasado casi todo el largo trayecto desde el aeropuerto de Manchester, dedicado a admirar el paisaje invernal de Lancashire, con su suave mezcla de páramos castaños y tierras de cultivo color salvia, al tiempo que meditaba sobre la posible herramienta utilizada para cortar un grueso cable eléctrico antes de utilizarlo para atar de pies y manos el cadáver femenino encontrado la semana anterior en Surrey.

– ¿Un camino? -preguntó-. Puede que hubiera uno. No me fijé, pero el letrero anunciaba a una quiromántica y médium residente en la población.

– ¿Bromeas?

– No. ¿Es una característica del hotel que me habías ocultado?

– No que yo sepa.

Deborah miró por el parabrisas. La carretera empezaba a descender, y las luces de un pueblo brillaban a lo lejos, tal vez a unos dos kilómetros.



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