– ¡Papá! -gimoteó Rebecca.

– La verdad, St. John…

Cecily decidió que había llegado el momento de echar una mano. Su padre, sin duda, se les uniría en cualquier momento -los problemas sentimentales le causaban un placer especial-, y en ese caso, hacer gala de su capacidad para solucionar una crisis familiar serviría a sus propósitos a las mil maravillas. Al fin y al cabo, su padre todavía estaba reflexionando sobre su petición de pasar las vacaciones en Creta.

– Quizá deberíamos llamar a alguien, tío St. John -dijo-. Habrá algún otro vicario no lejos.

– He hablado con el agente de policía -respondió Townley-Young.

– Pero él no puede casarles, St. John -protestó su mujer-. Necesitamos un vicario. Necesitamos que se celebre la boda. La comida espera en casa. Los invitados estarán hambrientos. El…

– Quiero a Sage -replicó el marido-. Le quiero aquí. Le quiero ahora. Y si he de arrastrar a esa rata de iglesia hasta el altar, lo haré.

– Pero si ha tenido que ir a otra parte…

Estaba claro que la señora Townley-Young trataba de hablar con la voz de la razón.

– No es así. Esa tal Yarkin salió a buscarle por el pueblo. Dijo que anoche no había dormido en su cama, pero tiene el coche en el garaje, de modo que no anda muy lejos. Y sé muy bien a qué se ha estado dedicando.

– ¿El vicario? -preguntó Cecily, fingiendo horror, al tiempo que experimentaba el placer del drama que estaba a punto de estallar. Un matrimonio a la fuerza celebrado por un vicario fornicador, protagonizado por un novio reticente enamorado del ama de llaves del vicario, y una novia enfurecida y sedienta de venganza. Casi valía la pena haber sido designada dama de honor-. No, tío St. John. El vicario no. Cielos, qué escándalo.

Su tío le dirigió una mirada penetrante. Alzó un dedo hacia ella, y ya estaba a punto de hablar cuando alguien apartó la cortina. Todos se volvieron como un solo hombre y vieron al policía del pueblo, con su grueso chaquetón sembrado de nieve y las gafas de concha con vaho. No llevaba sombrero, y una capa de cristales cubría su peto color jengibre. Se pasó la mano por la cabeza para sacudirlos.



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