Josie pareció confusa y agitó las manos.

– No era en el río, exactamente, y tampoco nada malo. De veras. Y solo se trata de un favor. Bastará con que mencionen mi nombre. «Una joven salió a recibirnos en el aparcamiento, señora Wragg. Alta. Un poco desgarbada. Dijo que se llamaba Josie. Era muy agradable.» Si lo dejan caer así, mamá se calmará un ratito.

– ¡Jo-se-phine! -gritó una voz de mujer en algún lugar del hostal-. ¡Jo-se-phine Eugenia Wragg!

Josie se encogió.

– Detesto que haga eso. Me recuerda al colegio. «Josephine Eugene. Parece una judía.»

No era cierto, pero era alta y se movía con la torpeza de una adolescente que ha cobrado conciencia súbitamente de su cuerpo antes de haberse acostumbrado a él. St. James pensó en su hermana a la misma edad, maldecida por la estatura, unas facciones aguileñas que aún no se habían desarrollado del todo y un nombre andrógino. Sidney, se presentaba con sarcasmo, el último chico St. James. Había soportado las burlas de sus compañeras durante años.

– Gracias por esperarnos en el aparcamiento, Josie -dijo muy serio-. Es agradable que te reciban cuando llegas a un sitio.

El rostro de la muchacha se iluminó.

– Sí. Oh, sí -dijo, y se dirigió hacia la puerta por la que habían venido-. Se lo devolveré. Ya lo verá.

– No lo dudo.

– Pasen por el pub. Alguien les atenderá allí. -Agitó la mano hacia otra puerta, en el extremo opuesto de la sala-. He de sacarme estas botas, y deprisa. -Les dirigió otra mirada suplicante-. No hablarán de mis botas, ¿verdad? Son del señor Wragg.

Lo cual distaba mucho de explicar por qué había caminado como un nadador con aletas.

– Mis labios están sellados -dijo St. James-. ¿Deborah?

– Lo mismo digo.

Josie sonrió a modo de respuesta y salió por la puerta.

Deborah recogió las muletas de St. James y contempló la estancia en forma de L que servía de salón. Su colección de muebles recargados era poco distinguida, y algunas pantallas de lámpara estaban torcidas, pero un aparador albergaba una serie de revistas a disposición de los huéspedes, y en una librería se apretujaban hasta cincuenta volúmenes. El papel pintado (margaritas y rosas entrelazadas) se veía recién puesto sobre el revestimiento de pino, y una mezcla de perfume flotaba en el aire. Deborah se volvió hacia St. James. Este sonrió.



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