
– ¿Qué? -dijo ella.
– Como en casa.
– En la de alguien, al menos.
Deborah se encaminó al pub.
Por lo visto, habían llegado durante el período de cierre, porque no había nadie tras la barra de caoba ni en las mesas estilo pub, cuyos posavasos para apoyar las jarras de cerveza moteaban la madera de naranja y beige. Dejaron atrás las mesas, con sus correspondientes taburetes y sillas, y caminaron bajo un techo bajo, de robustas vigas ennegrecidas por generaciones de humo y decoradas con un despliegue de complicadas herraduras de caballo. En la chimenea todavía fulguraban los restos del fuego de la tarde, que chasqueaban cuando las últimas bolsas de resina estallaban.
– ¿Dónde se habrá metido esa condenada chica? -preguntó una mujer.
Hablaba desde lo que aparentaba ser un despacho. La puerta estaba abierta a la izquierda de la barra. Al lado, subía una escalera de peldaños extrañamente inclinados, como agobiados por algún peso. La mujer salió, aulló «¡Jo-se-phine!» hacia lo alto de la escalera, y entonces vio a St. James y su mujer. Al igual que Josie, se sobresaltó. Al igual que Josie, era alta y delgada, y sus codos eran aguzados como puntas de flecha. Se llevó una mano tímida al cabello y se quitó una hebilla de plástico adornada con capullos de rosa que lo apartaba de sus mejillas. Bajó la otra hasta la falda y sacudió unas hilas.
– Toallas -dijo, como para explicar la última actividad-. Tenía que doblarlas. No lo hizo. Yo tuve que hacerlo. Eso resume la vida con una chica de catorce años.
– Nos estaba esperando -dijo Deborah-. Nos ayudó a cargar nuestras cosas.
