
Pero todo aquello no era más que parafernalia cristiana, el reflejo de las creencias más inútiles de la Iglesia. Si uno rezaba lo bastante, había un Dios que escuchaba, sopesaba peticiones, acariciaba su larga barba blanca, componía una expresión pensativa y decía: «Síiii, entiendo», y hacía realidad los sueños.
Un montón de basura.
Polly se dirigió hacia el sur, salió del pueblo y caminó por la cuneta de la carretera de Clitheroe. Andar resultaba difícil. El sendero estaba lleno de barro y sembrado de hojas muertas. Oía el chapoteo de sus pasos sobre el fragor del viento que azotaba los árboles.
Al otro lado de la calle, la iglesia estaba a oscuras. No habría vísperas hasta que llegara el nuevo vicario. El Consejo Eclesiástico había celebrado entrevistas durante las dos últimas semanas, pero al parecer escaseaban los sacerdotes que quisieran instalarse en un pueblo. Daba la impresión de que, sin luces brillantes y millones de habitantes, no había almas que salvar, pero no era ese el caso. Había mucho que salvar en Winslough. Sage se había dado cuenta enseguida, y lo había observado en la misma Polly.
Porque pecaba desde hacía mucho tiempo. Había trazado el círculo en el frío del invierno, en las noches tibias de verano, en primavera y otoño. Había dispuesto el altar hacia el norte. Colocaba las velas en las cuatro puertas del círculo y, mediante el agua, la sal y las hierbas, creaba un cosmos sagrado y mágico al que podía rezar. Todos los elementos estaban presentes: el agua, el aire, el fuego, la tierra. El cordón serpenteaba alrededor de su muslo. Notaba la vara fuerte y segura en su mano. Utilizaba clavos para el incienso, laurel para la madera, y se entregaba (en cuerpo y alma, afirmaba) al Rito del Sol. Por la salud y la vitalidad. Rogaba esperanza cuando los médicos la descartaban. Pedía curación cuando la única promesa era la morfina que calmaba el dolor, hasta que la muerte ponía fin a todo.
