Los rizos, como virutillas de acero herrumbrosas, se desplegaron alrededor de su rostro, y la brisa nocturna agitó los de su nuca. Dobló la bufanda en forma de triángulo, y procuró que las palabras «¡Rita me leyó como un libro en Blackpool!» no se vieran. La pasó sobre su cabeza y anudó los extremos bajo la barbilla. Su cabello, sujeto de esta manera, le arañó las mejillas y el cuello. Sabía que su aspecto no podía ser menos atractivo, pero al menos no aletearía sobre su cabeza y se le metería en la boca camino de casa. Además, detenerse en la escalera bajo la luz del porche, que siempre dejaba abierta en cuanto el sol se ponía, le concedía la oportunidad de dirigir una mirada descarada a la casa de al lado. Si las luces estaban encendidas, si el coche estaba en el camino particular…

No era ese el caso. Mientras cruzaba el trecho de grava y salía a la calle, Polly se preguntó qué habría hecho si Colin Shepherd hubiera estado en casa aquella noche.

¿Llamar a la puerta?

«¿Sí? Ah, hola. ¿Qué pasa, Polly?»

¿Tocar el timbre?

«¿Ocurre algo?»

¿Mirar por la ventana?

«¿Necesitas a la policía?»

¿Entrar por las buenas, empezar a hablar y rezar para que Colin contestara?

«No sé qué quieres de mí, Polly.»

Se abotonó el abrigo bajo la barbilla y sopló un aliento gris y vaporoso en sus manos. La temperatura estaba descendiendo. Habría menos de cinco grados. Se formaría hielo en la carretera y aguanieve si llovía. Si él no tomaba las curvas con prudencia, perdería el control del coche. Quizá se tropezaría con él. Sería la única que podría ayudarle. Mecería su cabeza en el regazo, apoyaría la mano sobre su frente, le apartaría el pelo de la frente y le daría calor. Colin.

– Volverá contigo, Polly -había dicho el señor Sage tres noches antes de su muerte-. Mantente firme y espérale. Disponte a escuchar. Va a necesitarte para rehacer su vida. Quizá antes de lo que supones.



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