
No era ese el caso. Mientras cruzaba el trecho de grava y salía a la calle, Polly se preguntó qué habría hecho si Colin Shepherd hubiera estado en casa aquella noche.
¿Llamar a la puerta?
«¿Sí? Ah, hola. ¿Qué pasa, Polly?»
¿Tocar el timbre?
«¿Ocurre algo?»
¿Mirar por la ventana?
«¿Necesitas a la policía?»
¿Entrar por las buenas, empezar a hablar y rezar para que Colin contestara?
«No sé qué quieres de mí, Polly.»
Se abotonó el abrigo bajo la barbilla y sopló un aliento gris y vaporoso en sus manos. La temperatura estaba descendiendo. Habría menos de cinco grados. Se formaría hielo en la carretera y aguanieve si llovía. Si él no tomaba las curvas con prudencia, perdería el control del coche. Quizá se tropezaría con él. Sería la única que podría ayudarle. Mecería su cabeza en el regazo, apoyaría la mano sobre su frente, le apartaría el pelo de la frente y le daría calor. Colin.
– Volverá contigo, Polly -había dicho el señor Sage tres noches antes de su muerte-. Mantente firme y espérale. Disponte a escuchar. Va a necesitarte para rehacer su vida. Quizá antes de lo que supones.
