Descargó la mano sobre el pasamanos.

Polly notó que la escalera temblaba. Se volvió y exhaló un suspiro de resignación. Su madre y ella solo pasaban tres meses juntas, pero durante los últimos seis años los días se hacían interminables, porque Rita empleaba cualquier excusa para entrometerse en la vida de Polly.

– Era él quien pasó en coche hace un momento, ¿verdad? -preguntó Rita-. El señor C. Shepherd y su precioso ego. Con ella, ¿no? Venían de la mansión. Por eso estás dolida, ¿verdad?

– No es nada -insistió Polly.

– En eso tienes razón. No es nada. El no es nada. ¿Para qué sufrir?

Pero él sí era algo para Polly. Siempre lo había sido. ¿Cómo podía explicarlo a su madre, cuya única experiencia amorosa había concluido bruscamente cuando su marido abandonó Winslough la lluviosa mañana del séptimo cumpleaños de Polly, se dirigió a Manchester para «comprar algo especial para mi muy especial chiquilla», y nunca volvió?

«Abandonada» era una palabra que Rita jamás empleaba para describir lo sucedido a ella y a su única hija. Lo llamaba «bendición». Si su marido carecía del sentido común necesario para saber a qué clase de mujeres iba a plantar, mejor que se fuera.

Rita siempre había considerado su vida en esos términos. Todas las dificultades, pruebas o desgracias podían redefinirse fácilmente como bendiciones disfrazadas. Las decepciones eran mensajes sin palabras de la Diosa. Los rechazos eran meras indicaciones de que el camino más deseado no era el mejor. Desde hacía mucho tiempo, Rita se había entregado, en mente, corazón y cuerpo, a la salvaguardia del Arte de la Sabiduría. Polly la admiraba por su confianza y devoción. Solo deseaba ser capaz de sentir lo mismo.



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