Pero en invierno se convertía de nuevo en Rita Yarkin y regresaba a Winslough para pasar tres meses con su única hija. Colocaba su anuncio pintado a mano en la cuneta de la carretera y esperaba a la clientela que apenas aparecía. Leía revistas y miraba la tele. Comía como un estibador y se pintaba las uñas.

Polly las miró con curiosidad. Hoy tocaban de color púrpura, con una diminuta franja dorada que cruzaba cada una en diagonal. Se daban de patadas con su caftán -calabaza anaranjado-, pero representaban una gran mejora respecto al amarillo del día anterior.

– ¿Te has peleado con alguien esta noche, cariño? -preguntó Rita-. Tu aura está bajo mínimos. Eso no es bueno, ¿sabes? Ven, deja que te mire la cara.

– No es nada.

Polly desplegó más actividad de la necesaria. Golpeó las botas contra el arcón de madera que había junto a la puerta. Se quitó la bufanda y la dobló en forma de cuadrado. Guardó este cuadrado en el bolsillo del abrigo, y después sacudió el abrigo con el dorso de la mano, para eliminar hilos y manchas de barro inexistentes.

No era tan fácil disuadir a su madre. Apartó su enorme masa de la puerta. Anadeó hasta Polly y la obligó a dar la vuelta. Escudriñó su cara. Con la mano abierta y a unos tres centímetros de distancia, trazó la forma de la cabeza y los hombros de Polly.

– Ya veo. -Se humedeció los labios y dejó caer el brazo con un suspiro-. Por las estrellas y la tierra, muchacha, deja de portarte como una tonta.

Polly se apartó y encaminó sus pasos hacia la escalera.

– Necesito mis zapatillas -dijo-. Bajo enseguida. Ya huelo la cena. ¿Has hecho goulash, como dijiste?

– Escúchame, Pol. El señor C. Shepherd no es tan especial -contestó Rita-. No tiene nada que ofrecer a una mujer como tú. ¿Aún no te has dado cuenta?

– Rita…

– Lo que importa es vivir. Vivir, ¿me has oído? Tienes vida y conocimiento, al igual que sangre en las venas. Posees dones que superan todo cuanto yo he tenido y visto. Utilízalos. No los dilapides, maldita sea. Dioses del cielo, si yo tuviera la mitad de lo que tú tienes, sería la dueña del mundo. Deja de subir la escalera y escúchame, muchacha.



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