
– ¿Frank? ¿Qué estaba haciendo aquí? Tenía que estar todo el día en la fragua. Hunter necesita sus verjas.
– Estuvo todo el día allí. Sólo vino a buscar una herramienta -respondió en seguida Fee, pues Pa-draic era demasiado duro con su hijo mayor.
– ¡Oh, papá, Frank es muy bueno! Salvó a mi Agnes de que la mataran y, después del té, va a pegarle los cabellos.
– Está bien -dijo su padre, adormilado, apoyando la cabeza en el respaldo de la silla y cerrando los ojos.
Hacía calor delante del horno, pero él no parecía advertirlo; gotas de sudor brillaron en su frente. Cruzó las manos detrás de la cabeza y se durmió.
Los niños habían heredado de Padraic Clearv sus varios tonos de espesos y ondulados cabellos, aunque ninguno los tenía de un rojo tan agresivo como el suyo. Era bajo, pero con una complexión de acero, y tenía las piernas combadas de tanto montar a caballo y los brazos excesivamente largos de tantos años de esquilar corderos; su pecho y sus brazos aparecían cubiertos de vello espeso y dorado, que habría resultado feo si hubiese sido negro. Sus ojos eran de un azul brillante; tenía siempre los párpados fruncidos, como los de los marineros acostumbrados a mirar a largas distancias, y su cara era agradable y propensa a sonreír, cosa que hacía que los hombres simpatizasen con él desde el primer momento. Su nariz era magnífica, una verdadera nari¿ romana que debió confundir a sus cofrades irlandeses, aunque la costa irlandesa había recibido a muchos náufragos. Todavía hablaba con el suave y rápido ceceo del irlandés de Galway, pronunciando la t como z, pero casi veinte años en los antípodas habían añadido otro matiz a su lenguaje, de modo que pronunciaba ei como ai y hablaba un poco más despacio, como un viejo reloj al que hubiese que dar cuerda. De carácter animoso, había conseguido llevar su dura existencia mejor que la mayoría, y, aunque era muy severo en su disciplina y pródigo en dar puntapiés, todos sus hijos, menos uno, le adoraban.
