
Todavía estaba sentada detrás de la aulaga, cuando Jack y Hughie llegaron deslizándose entre las altas hierbas que, por estar demasiado cerca de la valla, no eran alcanzadas por la guadaña. Los cabellos de Meggie tenían el brillo típico de los Cleary, pues todos los niños de la familia, excepto Frank, sufrían el martirio de unos cabellos tirando a rojos. Jack dio un codazo a su hermano y le indicó algo jubilosamente. Se separaron, sonriéndose, y simularon que eran soldados persiguiendo a un renegado maorí. De todos modos, Meggie no les habría oído, tan absorta estaba en Agnes, mientras canturreaba entre dientes.
– ¿Qué tienes ahí, Meggie? -gritó Jack, plantándose a su lado-. ¡Enséñanoslo!
– Sí, ¡muéstranoslo! -rió Hughie, situándose al otro lado.
La niña apretó la muñeca sobre su pecho y meneó la cabeza.
– ¡No! ¡Es mía! ¡Es mi regalo de cumpleaños!
– Vamos, enséñanosla. Sólo queremos echarle un vistazo.
Meggie se dejó vencer por el gozo y el orgullo. Levantó la muñeca para que sus hermanos la viesen.
– Miradla. ¿No es hermosa? Se llama Agnes.
– ¿Agnes? ¿Agnes? -replicó Jack, en tono burlón-. ¡Qué nombre más tonto! ¿Por qué no la llamas Margaret o Betty?
– ¡Porque es Agnes!
Hughie advirtió la articulación en la muñeca de Agnes y silbó.
– ¡Eh! ¡Mira, Jack! ¡Puede mover la mano!
– ¿Cómo? Vamos a verlo.
– ¡No! -Meggie volvió a estrechar la muñeca contra sí, a punto de llorar-. No. ¡La romperíais! ¡Oh! No la cojas, Jack…, ¡la romperás!
