– ¡Uf! -Las sucias manos morenas del chico se cerraron sobre las muñecas de la niña y apretaron con fuerza-. ¿Quieres sufrir un tormento chino? Y no seas llorona, o se lo diré a Bob. -Estiró la piel de su hermana en opuestas direcciones, hasta que se puso blanca, mientras Hughie tiraba de la falda de Agnes-. ¡Suelta, o te haré daño de veras!

– ¡No! No, Jack, ¡por favor! La romperéis, ¡sé que la romperéis! ¡Oh, dejadla en paz! ¡No os la llevéis, por favor!

Y, a pesar del cruel agarrón de las manos de Jack, se aferró a la muñeca, llorando y pataleando.

– ¡Ya la tengo! -gritó Hughie, al deslizarse la muñeca entre los antebrazos cruzados de Meggie.

Jack y Hughie la encontraron tan fascinante como Meggie, y le quitaron el vestido, las enaguas y el largo pantalón almidonado. Agnes yació desnuda, mientras los chicos la empujaban y tiraban de ella, pasándole un pie por detrás del cogote, haciéndole mirar a la espina dorsal y obligándola a realizar todas las contorsiones que eran capaces de imaginar. No se fijaron en Meggie, que se levantó llorando; pero la niña no pensó siquiera en pedir ayuda, pues, en la familia Cleary, no solía auxiliarse al que era incapaz de defenderse) y esto valía también para las niñas.

Los dorados cabellos de la muñeca se soltaron y las perlas cayeron y desaparecieron entre las altas hierbas. Una bota polvorienta pisó por descuido el vestido abandonado, embadurnando el satén con grasa de la fragua. Meggie se hincó de rodillas, tratando frenéticamente de recoger aquella ropa diminuta antes de que sufriese mayores daños, y después, empezó a buscar entre las hierbas, donde pensaba que habían caído las perlas. Las lágrimas la cegaban y su dolor era profundo y nuevo, pues nunca, hasta ahora, había tenido nada que valiese la pena de llorar por ello.

Frank sumergió la herradura al rojo en agua fría y luego enderezó la espalda; estos días no le dolía, por lo que pensó que quizá se estaba acostumbrando a su trabajo.



4 из 684