—Esto es muy interesante — dijo Lissa con la mayor naturalidad —. La aguja del contador ha estado en el rojo todo el tiempo. Yo no he podido nunca hacerla pasar de la raya naranja.

—Eso ha sido antes de que yo pusiera el motor mejor que nuevo — contestó Tavernor agradecido, recuperando el control de sus sentidos.

Entonces redujo la velocidad a una marcha más respetable y dio una fácil vuelta que les puso de cara a las luces de El Centro.

—Gracias, Lissa.

—¿Por qué cosa?

—Tal vez por nada; pero gracias, así y todo. ¿Adónde vamos?

—No estoy segura — Lissa hizo una pausa y Tavernor permaneció pendiente de las palabras de la joven, dándole vueltas a sus propias sospechas —. ¡Ah, sí! ¡Ahora lo estoy! Me gustaría ir al bar de Jamai.

—No sé, cariño — repuso Tavernor, instintivamente en guardia —. Dudo que pueda enfrentarme con esos condenados espejos retorcidos esta noche.

—¡Oh! No seas un viejo enano. Me gustaría ir al bar de Jamai.

Tavernor captó el ligero énfasis que creyó oír en la palabra «viejo» y se dio cuenta enseguida de que estaba comprometido en un oculto duelo, luchando con espadas invisibles. Lissa estaba intentando con lo que ella sin duda alguna consideraba como una gran sutileza, presionarle. Primero había sido el intento de una principiante para seducirle, ahora maniobraba para llevarle a un bar.

—De acuerdo, vayamos al bar de Jamai.

Tavernor se preguntó por qué había cedido tan fácilmente. ¿Curiosidad? ¿O sería a causa de tener treinta años más que ella y de que era demasiado viejo y experimentado para que ella lo manejase y en consecuencia estaba fallando en cierta forma que apenas si podía comprender?



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