
En la boca abierta de la chica, visible solamente por la total negrura de la habitación, él había visto revolotear las doradas y diminutas burbujas de las chispas.
—No deberías haber impedido que encendiese las luces — comentaba Tavernor momentos más tarde, mientras conducía el vehículo hacia El Centro, siguiendo la rielante superficie de un gran arroyo del bosque.
—¡Mack! ¿Quieres decirme de una vez qué es lo que pasa?
—Tu puedes hacer desaparecer el olor de las chispas con bastante facilidad; la luminiscencia es más difícil…
—Yo…
—¿Por qué haces eso, Lissa?
—Ya te lo dije.
—Por supuesto. Nuestra relación tan bellamente natural. Pero debías dejar primero de beber chispas.
—No veo qué diferencia puede haber con que tome un trago de vez en cuando.
—Lissa — dijo Tavernor con impaciencia —, si no vamos a ser honestos el uno con el otro, no hablemos más del asunto.
«Escúchame a mí», pensó. «Al viejo Tavernor.»
Se produjo un largo silencio, durante el cuál Mack se concentró en conducir el rápido vehículo por el centro de la corriente de agua. Los árboles de cada orilla aparecían por arriba bañados en una luz de plata procedente de la estrella Neilson y, en la parte baja, de oro por los potentes faros de la poderosa máquina, dándoles una visión de irrealidad. Unos árboles adornados con lentejuelas formaban una carretera de ensueño. Tavernor apretó el acelerador y el motor, tan finamente regulado, respondió inmediatamente.
Viajando casi a cien mil as por hora, el vehículo salió como una flecha a la desembocadura de la corriente y hacia el mar, lamiendo el tope de las olas y convirtiéndolas en ondulantes penachos de blanca espuma que se desvanecía lejos de la popa del vehículo. El ancho y oscuro océano apareció ante sus ojos, y Tavernor sintió súbitamente la necesidad de escapar de la guerra que sabía que se le echaba encima, apretando el acelerador hasta el máximo, en línea recta, inscribiendo una brillante línea en las negras aguas del mar hasta que los motores se destruyeran, y él y lo que creía la vasta inmensidad de sus culpas…
