
—¡Querida! ¡Qué gusto de verte por aquí! — saludó Kris Shelby, apartando su alta e inmaculada figura de la barra con un progresivo movimiento ondulatorio que le recordó a Tavernor algo parecido a una cuerda de seda que estuviese retorciéndose.
—¡Hola, Kris! — le sonrió Lissa, teniendo aún cogido de la mano a Tavernor, a quien llevó al espacio que el grupo les había hecho en el bar.
—¡Hola, Mack! — saludó Shelby, pretendiendo haber localizado entonces a Tavernor. Sonrió ligeramente y añadió —: ¿Y cómo está mi alegre mecánico esta noche?
—No lo se… nunca me tomo gran interés en sus compañeros de juerga.
Tavernor miró tranquilamente a Shelby, observando con placer que la sonrisa del hombretón había desaparecido. Shelby era rico, tenía un reconocido talento y era como la luz conductora en el arte, dentro de la colonia que florecía en la permanente población de Mnemosyne. Todas aquellas cosas, en su propia estimación, le daban una especie de derecho natural sobre Lissa y no había sido capaz de ocultar su irritación cuando ella llevó a Tavernor a su círculo.
—¿Qué está usted dando a entender, Mack? — preguntó Shelby estirándose majestuosamente.
—Nada — repuso Tavernor serenamente —. Me ha preguntado usted cómo estaba su alegre mecánico y yo le he dicho que no conocía al caballero en cuestión. Estaba sugiriendo que podría usted ir a averiguarlo en persona. A lo mejor si llama usted a su apartamiento…
Shelby adoptó una expresión molesta.
—Tiene usted la tendencia a extralimitar las cosas.
—Lo lamento. No me había dado cuenta de que había rozado una zona sensible — repuso Tavernor tozudamente.
