
Una chica próxima soltó una risita burlona dando por resultado que Shelby la mirase glacialmente.
—Me gustaría tomar un tragó — dijo Lissa rápidamente.
—Permíteme — Shelby hizo señas a un camarero con un adorno de encaje —. ¿Qué va a ser, Lissa?
—Chispas.
—¿Alguna variedad especial?
—No… de las realmente relajantes.
—Yo tomaré bourbon — dijo Tavernor a renglón seguido, sin que nadie le preguntase, consciente de que así estaba poniendo de manifiesto su disgusto hacia los amigos de Lissa que estaban empujándole a una exhibición de grosería.
Cuando llegó la bebida, se tomó la mitad, dejó el vaso sobre el bar, y puso un codo a cada lado. Miró a los reflejos que surgían de uno de los espejos distorsionados que recubrían por completo las paredes del local. Los espejos eran flexibles y cambiaban su forma corporal como si actuasen teniendo tras ellos unos solenoides en una consecuencia dispuesta al azar, dictada por la cantidad de calor irradiada por los cigarrillos de los clientes, el calor propio de sus cuerpos o las bebidas. En una noche en que fuesen bien las cosas en el bar de Jamai, las paredes parecían estar atacadas de locura, convulsionándose y latiendo como las cavidades de un corazón gigantesco.
A Tavernor le disgustaba el lugar intensamente. Se inclinó hacia el bar, pensando qué podría tener Lissa en común con Shelby y su colección de pisaverdes culturales. «Para ellos es que la guerra sencillamente no existe», pensó quedando intrigado por la irracionalidad de sus emociones. Había venido a Mnemosyne a olvidar la guerra y lo que la. guerra le había hecho, y con todo se irritaba contra la gente que tenía la suerte de permanecer intacta mientras que las grandes naves-mariposa de la Federación surcaban los jónicos vientos del espacio…
Estaba tan sumergido en sus profundos pensamientos, que una discusión que estaba produciéndose, continuó durante unos minutos antes de que se apercibiera de ella.
