El grupo que había alrededor de Lissa y Shelby se puso fuera de la línea de acción en un movimiento de excitación, acompañado por las risitas nerviosas de las chicas. «Esto no es mal», pensó Tavernor, «es parte de una mala película de cine.» Recogió su vaso y estaba preparándose para reunirse con Lissa, cuando captó una mirada triunfal en los ojos de Shelby.

—Está bien, Mack — dijo Shelby con voz dulce —. Venga aquí, donde estará seguro.

Irritado y jurando interiormente, Tavernor dejó de nuevo su vaso en el mostrador.

—No seas tonto, Mack — le rogó Lissa alarmada —. No vale la pena.

—Tiene razón, Mack — añadió Shelby —. No vale la pena.

—¡Detenedle! — gritó Lissa.

Tavernor les volvió la espalda y se inclinó sobre su whisky, mientras que una autorecriminación le caldeaba el cerebro. «¿Qué es lo que anda mal en mí? ¿Por qué permito a gente como Shelby que…

Una mano como el gancho de una grúa se cerró sobre su hombro izquierdo y le dio un tirón hacia atrás. Apretó sus músculos, se pegó a la suave madera del bar y la mano resbaló de su cuerpo. El pelirrojo emitió un sordo gruñido de incredulidad y volvió a poner su tremenda manaza sobre Tavernor. Durante el primer contacto, Tavernor había calculado al individuo, juzgándole fuerte, pero no especialmente dotado como combatiente de mano a mano y se decidió por una clase de lucha en que pudiera ponerle fuera de combate rápidamente, sin que resultase lastimado. Se echó hacia un lado y su puño derecho describió un arco para ir a estrellarse en la caja torácica del gigante pelirrojo. Aquel individuo era demasiado grande y pesado para ser puesto fuera de combate tumbándole de espaldas. Se dejó caer verticalmente hasta tocar el suelo; sin embargo, rehaciéndose a los pocos instantes, se levantó y se lanzó con gran violencia sobre la garganta de Tavernor.



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